Notas a partir del amacrana

Por Daniel Jándula.

El terror, como el amor y el deseo, nos une a todos. Que no os engañen, criaturas: Hay que tener miedo si queremos seguir vivos. ¿Pero qué es el miedo? ¿Qué es lo que le da forma? David Monteagudo, en las crónicas de su particular amacrana -hecha de infancia y perplejidad- nos ofrece varias características del terror, diseminadas, dispersas, por los relatos que contiene su libro. ¿Qué contienen las crónicas del amacrana?

Historias de niños en el salón, sombras desde la cama, aviones de papel y un meteorito rasgando la noche. Los documentos que escondemos en nuestros archivos, esos manuscritos tan íntimos que contienen nuestros profundos anhelos, que tanto tememos que otros lean por encima de nuestro hombro.

En el amacrana no hay aves. Están todas escondidas en las copas de los árboles, y solo cantan una vez por semana. De verdad: yo he estado allí, y las he oído gritar al unísono, abriendo sus picos invisibles.

En el amacrana hay múltiples lugares de reunión. La gente se congrega porque la gente busca el miedo a la vez que huye de él. Es como la vida: cuando al fin descubres alguno de sus secretos, resulta que su canto estaba a la vuelta de la esquina, esperándonos.

Los personajes del amacrana van al encuentro de lo insólito. Hay pocos elementos, porque son seres que no necesitan muchas cosas para vivir medianamente bien. El único problema es que en cualquier momento los objetos van a derretirse y desaparecer. Por eso, la pregunta que los personajes se hacen continuamente aquí es: y ahora, ¿qué? ¿Cómo avanzar?

En el amacrana asistimos a todo lo que el miedo nos da para que lo degustemos: la pérdida de control, las sombras reconocibles pero a la vez carentes de aquellos detalles que nos brindan la seguridad de lo que hemos incorporado a nuestra identidad.

Pasad por el amacrana. Ved qué pasa. Huid de la agonía del presente en brazos de este cálido miedo.

Librería Gigamesh

Barcelona, 4 de octubre de 2017

Catálogo primavera-verano 2017

 

Os traemos las perlas de esta temporada:

 

  • La grande de Juan José Saer

Escogida entre «Los 25 mejores libros en español de los últimos 25 años» por El País.

Comparado con Joyce, Woolf, Borges, Rulfo y Arlt por el periódico La Nación, Saer es uno de los mayores exponentes de la literatura castellana, un explorador cerebral de los problemas de la narrativa, así como un impresionante poeta de lugar.

La grande es un reflejo del inconfundible pensamiento de Juan José Saer en toda su complejidad. Obra inacabada de este escritor imprescindible, escrita con toda la precisión y la misma coherencia que el resto de sus novelas, pone punto y final al trabajo del autor argentino. Los personajes que transitan por sus libros son parte de un recorrido a través de su mundo y de sus reflexiones, un legado que en La grande se percibe como obra mayor.

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  • Un pintor debajo de un fregadero de Afonso Cruz

Considerada por muchos como una excelente aproximación a la literatura portuguesa contemporánea, Afonso Cruz nos abre los ojos hacia una historia de mundos, exteriores  e interiores, delicados y elegantes.

Esta novela produce en el lector una conmoción casi irracional, con la mirada de unos personajes únicos, emotivos y llenos de detalles, que una vez terminada la obra bien te esperas encontrarlos en la vida real.

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  • Desplazar el centro de Ngũgĩ wa Thiong’o

Después de sus memorias Sueños en tiempos de guerra, os presentamos este ensayo sobre la preservación de la cultura propia en contra de imposición de la cultura centralista.

Con su habilidad magistral a la hora de acercarnos sus vivencias y su transversalidad, Thiong’o consigue que los alegatos y hechos sobre unas tierras tan lejanas con Kenya, resuenen a familiares y cuestionen nuestros puntos de vista acerca de situaciones tan universales como locales.

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Adelanto de “Sueños en tiempos de guerra”

Nos gusta empezar bien el año y ¿qué mejor que hacerlo con un regalito? Éstas son las dos primeras páginas de Sueños en tiempos de guerra de Ngũgĩ wa Thiong’o, esperamos que las disfrutéis.

Sueños en tiempos de guerra

Años más tarde, cuando leyera que para T. S. Eliot abril era el mes más cruel, recordaría lo que me ocurrió un día de abril de 1954 en la fría región de Limuru, la extensión de tierra más preciada de una zona que en 1902 otro Eliot —sir Charles Eliot, a la sazón gobernador de la Kenia colonial— había reservado para los colonos europeos y rebautizado como White Highlands o Tierras Altas Blancas. Aquel recuerdo, en toda su inmediatez, me vino a la mente de un modo vívido.

Ese día no había almorzado, y mi estómago no guardaba recuerdo alguno de las gachas que había engullido a toda prisa por la mañana, antes de recorrer a pie los diez kilómetros que me separaban de la Kĩnyogori Intermediate School, la escuela de segundo ciclo de primaria. Ahora debía volver sobre mis pasos para regresar a casa, y traté de no ilusionarme demasiado con la posibilidad de llevarme algo a la boca esa noche. Mi madre se las ingeniaba bastante bien para poner sobre la mesa una comida diaria, pero cuando se tiene hambre es mejor concentrarse en algo, lo que sea, con tal de no pensar en comer. Eso era lo que solía hacer yo a la hora del almuerzo, mientras otros chicos sacaban la comida que habían traído y los que vivían en las inmediaciones se iban a almorzar a casa aprovechando la pausa del mediodía. Yo fingía que tenía algún sitio adonde ir, aunque en realidad me cobijaba a la sombra de cualquier árbol o arbusto, lejos de los demás chicos, y me sentaba a leer un libro, cualquier libro que cayera en mis manos. No es que abundaran, precisamente, pero hasta los apuntes de clase eran bienvenidos como forma de distracción. Ese día me puse a leer una edición abreviada de Oliver Twist, de Dickens. En el libro había un dibujo a pluma de Oliver Twist sosteniendo un cuenco y mirando a otro personaje mucho más alto que él, con la leyenda: «Señor, ¿puedo tomar un poco más,
por favor?». Me sentí identificado con aquella pregunta, aunque en mi caso el interlocutor solía ser mi madre, mi única benefactora, que me dejaba repetir siempre que podía.

Escuchar las historias y anécdotas de otros chicos también era una forma de distracción que me tranquilizaba, sobre todo en el trayecto de vuelta a casa, menos angustioso que el matutino, cuando teníamos que correr descalzos hasta la escuela sin detenernos ni un segundo, con la cara bañada en sudor, para no llegar tarde y evitar así que nos azotaran las palmas de las manos. De vuelta a casa, salvo los chicos de Ndeiya o Ngeca, que se veían obligados a recorrer quince kilómetros o más, nos lo tomábamos con calma. Lo cierto es que incluso nos venía bien matar el tiempo en la carretera antes de esa última comida diaria, que unas veces llegaba y otras no, y de las tareas que nos esperaban en el poblado familiar y alrededores.

A Kenneth, uno de mis compañeros de clase, y a mí se nos daba bastante bien matar el tiempo, sobre todo cuando nos disponíamos a remontar la última colina que nos separaba de la aldea. Al pie de la empinada ladera, nos turnábamos lanzando una «pelota» —por lo general el fruto del algodón de seda— que chutábamos de espaldas y que pasaba volando por encima de nuestras cabezas en dirección a la cima. El siguiente disparo debía hacerse desde el punto en que había aterrizado la pelota, y así sucesivamente. Ganaba quien coronaba primero la loma. No era la forma más fácil ni rápida de llegar a casa, pero tenía la virtud de hacer que nos olvidáramos del mundo.