Inicio de “Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores”

Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores

Aquí tenéis el inicio de este maravilloso libro del autor polaco Ignacy Karpowicz traducido por Francisco J. Villaverde.

CAPÍTULO PRIMERO
Galleta China
Me llamo Galleta China. Estoy compuesta de harina, azúcar, huevo, aceite, aroma de vainilla, una pizca de sal, almendras peladas y sabiduría. Primero hay que amasarme hasta lograr una pasta consistente que a continuación se debe extender. Luego se recorta un trozo cuadrado, en el centro del cual se coloca una almendra y un papelito con una sentencia. Se unen las cuatro esquinas en lo alto y se hornea durante veinte minutos a unos doscientos grados Celsius (extender antes un poco de aceite sobre la plancha del horno), hasta que se dore. Servir en frío. Ideal después de comer pato (a la pequinesa). Soy poco nutritiva y no demasiado sabrosa, pero eso no tiene la menor importancia pues en mi interior porto sabiduría. La sabiduría se compone de una fina tira de papel en la cual hay letras. Normalmente la tira de papel está untada con grasa, ya que de lo contrario podría quemarse en el horno. Al principio aparecía como curiosidad en bares y restaurantes. Ahora estoy en todas partes, he contaminado el planeta entero. Soy muy tóxica y mordaz. Me transmito por vía aérea, sexual, por la conversación, por una transfusión, en el confesionario… De cualquier forma, igual que el Espíritu Santo. La sabiduría de mi interior se ha apoderado del mundo, estoy en las novelas de tapa blanda y en las de tapa dura, en los
discursos de los políticos, en las declaraciones de los líderes religiosos. En realidad no creo que quede ningún sitio donde aún no esté. A un trabajo liviano le sucede un descanso pesado. El alma es como una vela: su llama se puede apagar, pero ella sigue existiendo. El arroyo que cambia su curso, ya no regresa a su antiguo lecho. Eres como una pupila cerrada que tiene la ilusión de encontrar un rayo de luz en medio de la oscuridad. Éstas son sólo algunas de mis representaciones, pero hay toda una legión de yos, una legión de sabiduría, ya es imposible exterminarme, la gente cree en mí, todos me repiten, he vencido. Soy un best seller. Me he extendido por el planeta entero, como la mierda. ¿Oís ese chapoteo? Soy yo. Un nuevo diluvio. Me llamo Galleta China. A su servicio.

Olga
1.
Vivía en la tercera planta de un bloque de pisos corriente, de esos construidos con grandes paneles prefabricados. Una ciudad como otra cualquiera, calle Broniewski. Vistas desde el balcón: a la derecha la escuela de mecánica (con internado); a la izquierda, la parada de autobús. Iba cargada con dos bolsas de plástico. Empezaba a notar cansancio. Después del trabajo había ido a Mariquita. En otra época, mucho tiempo atrás, la mariquita había sido un insecto del campo; hoy día Mariquita es el supermercado más barato. Se detenía un instante en cada descansillo para tomar aliento. En las bolsas llevaba provisiones para dos semanas. Todo lo más barato. Macarrones, arroz y cereales, de marca blanca y sin información sobre el país de procedencia, sólo el código de barras. Codillo, morcilla y recortes de fiambre, teóricamente de cerdo, con un cóctel químico en lugar de sangre: la sangre tiene una fecha de consumo preferente demasiado cercana. Patatas, un repollo y también remolachas para ponerlas en conserva, que desteñían al hervirlas: ni siquiera el ácido cítrico podía hacerles mantener el color. Detergente marca «Dosia», lavavajillas marca «Ludwik» (la familia al completo) y la revista de televisión «Punto». Dejó las bolsas en el suelo delante de la puerta de su pequeño apartamento, colocó bien el felpudo y respiró hondo. Sacó las llaves de su bolso de escay. En una cerradura, dos vueltas a la izquierda; en la otra, dos vueltas a la derecha. Encendió la luz, pasaban de las siete de la tarde, ya era de noche. Metió las bolsas. Cerró la puerta. Se quitó el gorro, los guantes, la bufanda y el abrigo. Colgó el bolso en el perchero. Soltó las llaves en una mesita del tamaño de un bonsái. Se quitó los zapatos y se puso las pantuflas. Miró las bolsas de plástico con el dibujo del insecto risueño. Se sentó en el pasillo sobre la alfombra. Lloró durante unos cinco minutos, no más.
Se secó las lágrimas y se tocó la mejilla con la mano.

—Hala, venga, ya pasó, Olga, tranquila, ya pasó —dijo en nombre de alguien que debería quererla o al menos fingirlo.